Carmen Sallés y Barangueras, es la Fundadora de la Congregación de Religiosas Concepcionistas Misioneras de la Enseñanza. Inicia su aprendizaje de la vida como hija de José y de Francisca desde el momento de su nacimiento, el 9 de abril de 1848, en Vic (Barcelona, España). Y como hija de Dios, dos días después, al recibir el Bautismo en su Iglesia Catedral.

Es la segunda de diez hermanos, y la mayor de las chicas. No tardará en ayudar a la madre en el cuidado de los pequeños, lo que resulta perfectamente normal. Pero pronto empieza a destacar porque tiene la “normalidad” del líder.

Como otras compañeras suyas de colegio, acude a un grupo juvenil, cristiano y mariano: “hijas de María”. El título la llena de orgullo, de modo que se toma muy a pecho el serlo de verdad. Sin proponérselo llama la atención por su piedad: el sacerdote que dirige su grupo la propone por modelo a las demás; y su hermana menor la sorprende frecuentemente en oración -”siempre de rodillas”, dice- ante el crucifijo de su habitación, o ante el sagrario en la Iglesia de los jesuítas.

 

Más culta que otras jóvenes de su edad, de facciones agradables y palabra fácil, amable y alegre, acaba por llamar la atención, también, de un matrimonio que -según los usos de la época- busca esposa para su hijo, y se la pide como tal a los señores Sallés. Ellos aceptan lo que consideran un buen futuro para su hija y se lo comunican.

 

Y sucede lo imprevisto: la hija siempre sumisa y obediente, dice que no.Argumenta su negativa, que toda la vida será mujer razonadora: su vocación es otra, porque Dios la llama a la vida religiosa. Quiere pertnecerle sólo a El, por entero y para siempre. De momento, los padres imponen su voluntad; se inicia el noviazgo, se preparan casa y ajuar…Carmen reza y confía: “Dios proveerá”.

 

En el transcurso de unos Ejercicios Espirituales, Dios se le manifiesta con toda claridad. Ya no caben vacilaciones. Y, tras una etapa de dolorosa lucha, alcanza de sus padres la autorización deseada para interrumpir el compromiso matrimonial y emprender el camino de la vida religiosa.

FUNDADORA

La religiosa se construye sobre la base de la mujer. Y es una mujer ilusionada, enamorada más bien, la que llama a las puertas del noviciado de las Adoratrices en la primavera de 1871.
 

Sólo Dios sabe lo que goza allí, ahondando en el amor y la adoración de Jesús Eucaristía; y lo que sufre, allí también, al descubrir la amargura y el desencanto de las jóvenes acogidas, procedentes del mundo de la delincuencia o de la prostitución…Las religiosas Adoratrices las recogen y acogen, para proporcionarles una reinserción social que les devuelva su propia estima y la de la sociedad. Aunque la sociedad, inconscientemente cruel, dificulta a menudo estos esfuerzos.
 

 

 

Contemplando esta realidad, Carmen aprende la más hermosa lección de su vida. Para explicársela, el Espíritu Santo pone ante ella un ejemplo bien elocuente: la figura de María Inmaculada. Ninguna mujer como ésta podía ofrecerle el modelo para formar a las demás “a imagen suya”. Y aprende que, para hacerla así, Dios no esperó mérito alguno de su parte, sino que se le anticipó con su amor previniente, redimiéndola, rescatándola, antes de caer. Carmen, la lección está clara. 

 


El trabajo que realizan las Adoratrices es admirable. Pero a ella se le pide el camino de la anticipación por la educación preventiva: llenar, desde los primeros años, el corazón de niños y jóvenes de bien, para que no tenga en ellos cabida el mal.

Lo explica así: “para alcanzar buenos fines, son menester buenos principios”.

 

La llamada personal está clara; le falta, ahora, concretar su lugar en la Iglesia.Acude al sacerdote que orientó su adolescencia y su vocación. Y él la conduce hacia una congregación dedicada a la enseñanza. Entre las Dominicas va profundizando en la vida comunitaria, en la vida de oración y en la educación de la mujer.
 

Poco a poco ahonda en la comprensión de la importancia que tiene la cultura, para que la mujer pueda ocupar con dignidad y eficacia un puesto en la familia, como esposa y como madre educadora de hijos; y un puesto en la sociedad que se abre tímidamente al trabajo femenino. Aprende, también, que esa cultura es el soporte imprescindible de una fe que, de otra manera, degenera en sensiblería y superstición o hace de ella una presa fácil de las desviaciones doctrinales que empiezan a extenderse por España.
 

 

 

La comprensión de lo que Dios quiere de ella es plena. Pero no es evidente para todos. De nuevo tiene que desarraigarse de la tierra en que empezó a florecer, para reiniciar su peregrinar en busca de la voluntad de Dios.

En Madrid, en la entonces catedral de San Isidro, ora y escucha, hasta que puede exclamar: “Es voluntad de Dios, vamos a Burgos y allí lucharemos contra todo lo que se presente. Y Dios proveerá”.